El reloj marcaba las 19 del domingo cuando el estruendo de los disparos interrumpió la rutina del barrio Hospitales. En Virasoro al 1900, una moto se acercó a un Volkswagen Polo y descargó fuego. Brian Nahuel Figueroa, de 30 años, murió al volante. Su pareja, Lucía, y una joven de 19 años, Ruth, también fueron alcanzadas por las balas.
La escena se repite con leves variaciones: una emboscada, un hombre joven asesinado, mujeres heridas, un vehículo común convertido en blanco. Otra cuadra de Rosario que pasa de residencial a zona de guerra en minutos. Otra jornada donde el miedo vuelve a imponerse sobre cualquier otro relato posible.
Una muerte rápida, una ciudad en pausa
El ataque no duró más de unos segundos. Testigos aseguran que los disparos salieron desde una moto en movimiento. No hubo posibilidad de defensa ni de fuga. Brian murió en el acto. Su pareja sufrió una herida por roce de bala en la pierna y fue trasladada al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (HECA). Ruth L., de 19 años, también ingresó al HECA con una lesión en la rodilla.
Las balas llegaron en una hora sensible: el atardecer del domingo, cuando los vecinos de Virasoro regresaban a sus casas o sacaban a pasear a sus perros. La Policía copó la cuadra poco después, pero el daño ya estaba hecho. En Rosario, el tiempo de respuesta nunca alcanza a anticipar el próximo disparo.
Rosario, la ciudad que resiste entre silencios
Cada nuevo crimen es también una nueva pregunta sin responder. ¿Por qué Brian? ¿Por qué en esa cuadra? ¿Por qué a esa hora? Las investigaciones recién comienzan, pero los rosarinos ya conocen de memoria el guion que sigue: esperar el parte médico, escuchar versiones cruzadas, identificar antecedentes, encontrar o no al tirador.
Mientras tanto, la ciudad acumula víctimas como un contador que no se detiene. Barrio Hospitales, como Empalme Graneros, Tablada o Ludueña, es un punto más en un mapa de violencia que ya no distingue barrios ni franjas horarias. Rosario no solo llora a sus muertos: los espera.
En el medio, quedan los sobrevivientes. Lucía y Ruth, heridas. Los vecinos, enmudecidos. La ambulancia, el patrullero, el flash de los celulares, el WhatsApp que explota en grupos de familiares. Y una ciudad que insiste en vivir entre los restos de su propio espanto.

