CAPITÁN BERMÚDEZ — En una localidad marcada por el humo blanco de sus fábricas, el silencio también es noticia. Esta semana, la planta de Celulosa Argentina, una de las más emblemáticas de la región, dejó de producir. No fue por una huelga ni por una parada técnica: fue por falta de oxígeno financiero.
El comunicado oficial fue escueto, pero claro. Las plantas de Capitán Bermúdez y Zárate están inactivas, con tareas mínimas de mantenimiento a cargo del personal que aún no tomó vacaciones. La decisión, según la empresa, obedece al “marcado deterioro del capital de trabajo”, producto de un contexto económico que la compañía califica como “complejo”.
El dato que subyace —y alarma— es que la deuda total de Celulosa asciende a 128 millones de dólares, y hasta ahora no hay acuerdo con sus acreedores. Mientras tanto, una planta clave en la vida económica de la zona permanece apagada.
Más que números
El deterioro no empezó esta semana. En mayo, la firma ya había reconocido que no podría cumplir con el pago de títulos de deuda ni con otras obligaciones. En paralelo, las ventas en el mercado interno cayeron más de un 30% y los costos en dólares siguieron subiendo, alimentando un círculo vicioso donde producir cuesta más y vender deja menos.
En este escenario, la prioridad pasó a ser la supervivencia. Según el último comunicado, Celulosa está enfocada en dos frentes: reestructurar sus pasivos financieros y encontrar nuevos socios o inversores que aporten capital para garantizar la continuidad operativa.
Pero mientras esos movimientos se negocian en despachos y carpetas, la fábrica está quieta. Y eso —para una ciudad como Capitán Bermúdez— se traduce en incertidumbre, parálisis y preocupación familiar.
Un síntoma extendido
Lo de Celulosa no es un hecho aislado. En los últimos meses, el corredor industrial del sur santafesino viene registrando señales de alerta: despidos masivos, suspensiones, reducción de turnos, cierre de contratistas. La producción privada, golpeada por la caída del consumo y la detención de la obra pública, pierde tracción. Y con ella, las localidades que crecieron al ritmo de la industria ven cómo el presente se enfría.
El caso Celulosa impacta no solo por su magnitud, sino por lo que representa. Fundada en 1929, privatizada en los años 90 y luego reestructurada, es una marca histórica del modelo fabril argentino. Que hoy esté parada, sin certezas sobre su futuro inmediato, es una señal que rebota más allá del cordón industrial.
Por ahora, el humo no sale de la chimenea. Lo que queda es el murmullo de los que preguntan, sin respuestas claras: ¿hasta cuándo?


