En 10 segundos:
Qué pasó: El Programa Intercomunal de Bandas consolidó su estructura intermunicipal y amplió su proyección nacional e internacional.
Qué cambia desde hoy: La iniciativa ya no funciona solo como espacio formativo sino como modelo cultural con registro audiovisual profesional.
A quién le pega: A las comunidades de Felicia y Pilar, y a quienes ven en la música una herramienta de integración.
Qué mirar ahora: La posible articulación con fundaciones culturales de Nápoles y nuevos intercambios internacionales.
Santa Fe, 24 de febrero de 2026.
Hay proyectos que nacen como taller y terminan convertidos en estructura. El Programa Intercomunal de Bandas, integrado por la Banda Comunal de Felicia y el Ensamble de Vientos de Pilar, recorrió ese camino durante más de veinte años hasta volverse algo más amplio que una propuesta artística.
Comenzó en 2004 como una experiencia de formación en instrumentos de viento. El objetivo inicial era pedagógico: sostener una práctica musical en localidades pequeñas, con continuidad y disciplina. Con el tiempo, esa lógica fue incorporando un componente que hoy lo distingue: cada concierto se transforma en registro audiovisual profesional. No se trata solo de tocar; se trata de dejar memoria.
Esa decisión cambió la escala del proyecto. Las grabaciones, las filmaciones en espacios simbólicos y la puesta técnica —pantallas LED, sincronización visual, sonido jerarquizado— construyeron una identidad estética que dialoga con escenarios de alto perfil. La Legislatura provincial, el Teatro Colón, la Casa de la Cultura, el Museo de la Constitución o el Salón Blanco de la Casa Gris no fueron destinos aislados, sino parte de una secuencia planificada.
Sin embargo, el núcleo no está en los edificios. Está en el aula.
En los ensayos conviven chicos de siete años con adultos mayores que empiezan a estudiar música después de jubilarse. La estructura intermunicipal, formalizada en 2022, permite que cada localidad sostenga sus clases por separado mientras que las producciones finales exigen encuentros conjuntos. Esa dinámica obliga a coordinación logística, espacios acústicos adecuados y acuerdos institucionales.
Allí aparece otro rasgo del programa: la articulación público-privada. La Cooperativa Guillermo Lehmann cedió su auditorio para ensambles completos. El colegio Santa Marta de Pilar facilitó instalaciones para clases regulares. No son apoyos simbólicos; son condiciones materiales que hacen viable el proceso.
El director y creador del programa, Julián Ovando Salemi, suele insistir en una idea: el valor central ocurre entre cuatro paredes. Las presentaciones, los viajes y las distinciones funcionan como consecuencia. La dimensión terapéutica, en cambio, se percibe en el ensayo cotidiano. Personas que postergaron durante décadas una vocación encuentran un espacio donde el error no excluye y la edad no define jerarquías.
Esa horizontalidad generacional es uno de los datos menos visibles y más significativos. En una región donde las ofertas culturales suelen concentrarse en ciudades grandes, el programa instala una práctica sostenida en pueblos intermedios. No como evento, sino como rutina.
La pospandemia marcó un punto de inflexión. El aislamiento interrumpió ensayos y presentaciones, pero también obligó a repensar el formato. Al retomar la actividad, la decisión fue profesionalizar el registro. Las producciones comenzaron a pensarse como legado: videos editados, tomas múltiples, sonido cuidado. La música dejó de ser efímera.
Esa estrategia atrajo miradas externas. Hubo masterclasses con músicos internacionales y conexiones en vivo desde Las Vegas. Participaron artistas como el trombonista Alejandro Carballo, el español Arturo Solar y la pianista Anna Sarkisova. Más que figuras invitadas, funcionaron como nodos de intercambio formativo. El impacto no estuvo en la foto, sino en la transferencia de método.
Hoy el programa reúne a 40 integrantes estables. La cifra puede parecer modesta en términos urbanos, pero en escala regional representa una masa crítica cultural. Cada integrante arrastra una red familiar y social que amplifica el efecto del proyecto. La música se convierte en punto de reunión y en relato compartido.
El interés de una fundación cultural de Nápoles por replicar el modelo introduce una dimensión inesperada: exportar una práctica nacida en pueblos santafesinos. La pregunta ya no es si pueden tocar en escenarios prestigiosos, sino si el sistema organizativo es transferible.
Esa es la transformación más silenciosa. El Programa Intercomunal de Bandas no se limita a ejecutar repertorio. Diseñó una metodología: formación sostenida, ensamble colectivo, registro audiovisual, alianzas institucionales y circulación en escenarios de referencia. No es solo cultura; es gestión cultural.
En tiempos donde la agenda pública suele girar en torno a urgencias, experiencias como esta operan en otra frecuencia. No producen impacto inmediato ni titulares ruidosos. Construyen continuidad. Y la continuidad, en territorios pequeños, suele ser más decisiva que el evento.
La consolidación intermunicipal demuestra que dos localidades pueden coordinar recursos sin diluir identidad. Felicia y Pilar no desaparecen dentro de una estructura mayor; se potencian. Cada presentación funciona como vidriera compartida.
El futuro inmediato se jugará en la capacidad de sostener financiamiento, renovar generaciones y evitar la dependencia exclusiva de liderazgos individuales. Todo proyecto cultural de largo plazo enfrenta esa tensión. La institucionalización será clave para que la estructura sobreviva a sus impulsores.
Mientras tanto, cada ensayo sigue ocurriendo lejos de las luces. En esa repetición semanal, más que en los escenarios de mármol, se define la verdadera escala del programa. No la cantidad de espectadores, sino la densidad del vínculo que logra construir.


