ROSARIO — El sonido seco de los disparos interrumpió la tarde en Las Flores. Eran cerca de las seis. Sobre la esquina de Guaria Morada y Petunia, la escena volvió a repetirse: impactos en una casa, vainas sobre la calle, y dos cuerpos heridos trasladados por vecinos al hospital más cercano.
Uno de ellos, Raúl Antonio S., de unos 40 años, fue derivado de urgencia al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez. Tiene una herida de bala en el cuello. Está grave. Su pronóstico, reservado.
La otra víctima, una mujer cuya identidad no fue confirmada oficialmente, fue atendida en el Hospital Roque Sáenz Peña. Ninguno llegó en ambulancia. No hubo tiempo. Fue la reacción inmediata —y silenciosa— de quienes viven rodeados de la posibilidad del disparo.
La violencia como rutina
En Rosario, los tiroteos dejaron de ser noticia para transformarse en contexto. La estadística ya no alcanza para explicar el miedo. Lo que ocurre en barrios como Las Flores es más que un episodio policial: es una forma de erosión cotidiana, una amenaza constante que se cuela en la vida diaria sin pedir permiso.
No hay un móvil claro. La policía trabaja sobre hipótesis abiertas. Pero incluso cuando se esclarece el motivo, el resultado no cambia: otra familia con un herido grave, otro barrio que se repliega, otra marca sobre la ciudad que sangra.
Estado mínimo, reacción tardía
Los patrulleros llegaron después. Hicieron lo que siempre hacen: relevar, acordonar, recolectar. La escena ya estaba vacía. El silencio, otra vez, más elocuente que cualquier declaración oficial.
En esa brecha —entre el disparo y la presencia estatal— crece la impotencia. Las cámaras no previnieron. La patrulla no disuadió. El auxilio lo brindó un particular. Como tantas veces.
Mientras tanto, en el Hospital de Emergencias, Raúl Antonio S. pelea por su vida. Y en Las Flores, la ciudad se pregunta si esta vez alguien se ocupará. No de resolver el caso, sino de interrumpir la lógica.


