El paseo de los Lanatta y compañía por la provincia plantea desafíos al gobierno

Evasión escandalosa. El recorrido de los sicarios por Santa Fe entraña el riesgo de que sea leído por los criminales como que el sistema represivo y preventivo es una risa.

Nada de cuanto hoy se reflexione tiene otro carácter que la volátil trascendencia que le da la coyuntura a los hechos por muy espectaculares o extraordinarios que parezcan al momento de producirse.

Joven, ambicioso de una carrera política que ascienda sin solución de continuidad y, hay que admitirlo; audaz, para asir el hierro candente sin tener ninguna garantía de no salir chamuscado entero. Al ministro de Seguridad de la provincia de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, le esperan cuatro años caminando por las brasas ardientes.

Sería una necedad suponer que las circunstancias de espectacularidad inesperadas del debut del radical en la cartera más difícil del gobierno santafesino (el ex gobernador Antonio Bonfatti tuvo que pedirle el sacrificio a su amigo, el histórico socialista, Raúl Lamberto, que lo conduzca para tener alguien en quien confiar en el área) le garantiza algo más que un nivel de exposición mediática nacional momentáneo.

Eso fue lo que le concedió el hecho de que la trayectoria de los criminales fugados de la cárcel de máxima seguridad de General Alvear, Buenos Aires, haya incluido el territorio santafesino en su derrotero hacia Paraguay.

Puso a Pullaro, como uno de los principales protagonistas, en el foco de las cámaras y los micrófonos de todo el país. Este diario impidió que un colega de la televisión nacional pasara un bochornoso momento al advertirle que el ministro al que había apuntado para entrevistar era el de Gobierno, Pablo Farías, y no el de Seguridad.

Ese era el nivel de conocimiento que tenían de Pullaro, no le habían visto la cara, que alguno juzgaría carente de la dureza que, se supone, se requiere para lidiar con la muchachada de azul. “Tu ministro debe ir a un fonoaudiólogo para solucionar su afonía y entonces sus arengas a la tropa sonarán algo más contundentes”, fue el consejo que dejó un movilero cordobés.

Otro periodista llegó desde Buenos Aires con un esquema del funcionariato provincial que contenía fotos, nombres y cargos. Apropiado para evitar errores de identificación si no hubiera sido que en el casillero del Ministerio de Seguridad la cara seguía siendo la de Lamberto y Pullaro aparecía como secretario.

No sólo la captura de los Lanatta y Cia. sirvió al ministro para sus todavía algo más que cinco minutos de fama nacional, también la increíble a insensata polémica desatada a posteriori en torno a cómo, cuándo y dónde fueron apresados los chicos malos. Dando crédito, claro, a que fueron apresados y no que se entregaron mansamente (sin amenazar siquiera con tirar un tiro) por un vaso de agua y exhaustos tras cuatro días de andar a pie en los pajonales y sin comer.

No vale la pena detenerse en esa guerra de vanidades y egoístas especulaciones políticas.

Digamos sólo dos cosas al respecto. Es verdad, que la mala información —que la ministra de Seguridad Nacional, Patricia Bullrich, califica de “pista falsa” y con ello le otorga una categoría de estrategia enemiga deliberada que la victimiza de paso— hizo que le trasmitiera un dato equivocado al presidente de la Nación. Por ello Mauricio Macri quedó en ridículo ante el mundo —en diarios de muchos países se le burlaron— no por felicitar a efectivos de seguridad que obtuvieron un resultado que entonces era parcial sin que él lo supiera sino porque como primer mandatario poseía una información incierta e incomprobable en ese momento. Y eso es algo que en ningún gobierno que quiera dar imagen de serio se le tolera.

El imaginario colectivo da categoría de certeza a la convención de que los datos que maneja un presidente son correctos. En pleno siglo XXI la idea de la infalibilidad del Papa tiene a título individual (incluso entre los católicos) poca credibilidad pero la vigencia del dogma sustenta buena parte de la autoridad de la Iglesia. El gobierno de EEUU prefirió dejar que los norteamericanos creyeran que George Bush mintió cuando invadió Irak porque Sadam Hussein tenía armas químicas a que el pueblo pensara que a su presidente le habían suministrado información equivocada y por ende era fácil de engañar. El Partido Republicano selló en ese momento —entre otras razones, claro— su próxima derrota electoral pero mantuvo el símbolo presidencial a salvo.

Así de grave fue frente al mundo el tuit prematuramente triunfalista del presidente Macri. Y así habría sido frente a su electorado y sus detractores de no estar todavía en los días expectantes del inicio de su mandato.

No es menos cierto, que otro tanto les pasó al gobernador de Santa Fe, Miguel Lifschitz, y a su antecesor, Antonio Bonfatti, las dos principales figuras en carrera que hoy tiene el Partido Socialista del país.

De manera que si Bullrich tiene sobrados motivos para sentirse furiosa por el incómodo momento que le hiciera pasar al presidente; a Pullaro le pasó exactamente lo mismo. Que se culpasen recíprocamente fue un pésimo capítulo de comedia.

A menos que el ministro —a quien la doctora Elisa Carrió acusara con nombre y apellido de suministrar la “pista falsa” y su par bonaerense lo hiciera sin nombrarlo— sea un insensato que conspira contra su gobierno y su propia gestión, no se entiende que haya sido, deliberadamente, el autor de la supuesta maniobra.

Podría haber pasado otra cosa. No menos grave. Que el ministro careciera de esa buena información (como quedó evidenciado que careció Bullrich) que evita errores no sólo a la hora de que opinen las autoridades estelares sino a la de enfrentar a la criminalidad organizada y frenar a sus sicarios. Ya pusimos desde este diario el acento en que tres asesinos a los que buscaban ya las fuerzas uniformadas más importantes del país (con excepción del Ejército) por media provincia de Buenos Aires bailando un incompresible minué de torpezas, desaciertos o maliciosas complicidades surgidas de vaya uno a saber de qué lealtades o de qué internas vigentes, habían entrado al territorio santafesino y permanecido siete días sin que la inteligencia provincial se enterara siquiera.

De no haber mediado una delación (al parecer tentada por los 2 millones de la recompensa) es verdad que los uniformados nacionales y bonaerenses todavía andarían como bola sin manija en las rutas y caminos de esa provincia buscando a los prófugos. No lo es menos que los Lanatta y Cía. habrían pasado por Santa Fe, habrían salido de compras por el microcentro de la capital provincial, y hoy estarían disfrutando del calor en Asunción u otra ciudad paraguaya. Y aquí no habría pasado nada.

Al menos puertas adentro esto es lo que debe inquietar al ministro Pullaro tanto como que la Gendarmería que supuestamente nos cuida de los narcos en nuestras ciudades no habría hecho más que entorpecer la caza de unos sicarios de una interna de narcos y ni hablar si los prófugos como se estima tuvieron en la provincia alguna ayuda de narcotraficantes.

No se puede prometer aniquilar a los narcos que actúan en la provincia y no haber detectado el placentero paseo por media provincia de Santa Fe de los sicarios fugados sin correr el riesgo de que ello sea leído por el mundo criminal como un mensaje de que el sistema preventivo y represivo santafesino es una risa.

Puertas afuera, salió bien parado, y le permitió al gobernador Lifschitz que se envalentone y liquide la ridícula polémica sobreviniente: “No puede ser que quienes atrapamos a los prófugos que se les escaparon a los bonaerenses y al gobierno nacional, tengamos que dar explicaciones”

 

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