Estudiantes secundarios y universitarios dan clases de apoyo escolar en distintos espacios barriales de la ciudad.
Es el primer día de las clases de apoyo escolar y Ezequiel está aprendiendo los números. Con su mano izquierda sostiene una cartulina celeste donde están ordenados del 1 al 100, mientras con la derecha los va transcribiendo en un cuaderno. A su lado está sentada Delfina, una estudiante de psicología que lo acompaña en cada trazo. Su presencia significa más que ayudarlo a dibujar cada figura. Es estar cerca para transitar esos primeros pasos con la escritura.
La escena transcurre en un salón de Margis al 4200, en barrio Itatí. Allí funciona el comedor del Centro Comunitario El Cruce y desde fines de julio es una de las sedes de las Brigadas Educativas, un proyecto conformado por voluntarios —en su mayoría estudiantes universitarios y secundarios— que busca acompañar la vinculación de chicas y chicos con la escuela y sus trayectorias educativas. Asistir desde el territorio a las infancias.
Indiana Zapillon es trabajadora social egresada en la Universidad Nacional de Rosario (UNR), forma parte de la coordinación de las Brigadas y destaca el hecho “que estudiantes universitarios y secundarios estemos en el territorio dando una mano en un contexto que es sumamente complejo y difícil para toda la sociedad en su conjunto”. “Y sobre todo —agrega— entendiendo que la universidad no es una isla y que tenemos un compromiso social para con la sociedad que básicamente es la que nos banca para que podamos estudiar en las instituciones públicas”.
Las Brigadas Educativas son una iniciativa nacional que impulsan distintas organizaciones que conforman el Frente Patria Grande, en el marco de la campaña nacional Activemos Solidaridad. También hay Brigadas Sanitarias y un proyecto llamado Codo a Codo, vinculado más a la ayuda social.
En Rosario los brigadistas en su mayoría son integrantes de organizaciones políticas como Patria Grande y Ciudad Futura, y de organizaciones estudiantiles que forman parte de la Federación de Estudiantes Secundarios (Feser) y de la Federación Universitaria de Rosario (FUR). Se capacitaron y comenzaron a trabajar, además de Itatí, en los barrios Molino Blanco, Tablada, Las Flores, Acindar, Alvear, Bella Vista, Godoy, Moderno, Villa Banana, Empalme Graneros y Nuevo Alberdi, entre otros. “Por lo general —explica Indiana— son espacios que nacieron el año pasado en la pandemia y con la crisis económica, como son los comedores y merenderos de los barrios. Vecinas y vecinos que se autorganizaron y abrieron sus casas, aunque también hay lugares como los Centros de Convivencia Barrial (CCB)”.
Pero la movida no se limita solo a Rosario. En la provincia son cerca de 140 los brigadistas que también están presentes en la ciudad de Santa Fe, Helvecia, Venado Tuerto, Pueblo Esther, Soldini y Villa Gobernador Gálvez. Días atrás lanzaron una segunda convocatoria y más de 80 brigadistas de 10 localidades de la provincia realizaron una asamblea virtual. “Apostamos a la solidaridad de nuestro pueblo y nos organizamos para construir un proyecto educativo transformador que aporte a facilitar el acceso a la educación, especialmente en los sectores más castigados por la pandemia y la desigualdad social”, postearon en sus redes sociales.
“A partir del trabajo territorial de las diferentes organizaciones que motorizamos las Brigadas Educativas, y atendiendo al contexto sanitario, social y económico que atravesamos, entendemos que hay una clara falencia en lo que refiere a lo educativo”, afirma Indiana, integrante también del Frente Santiago Pampillón. Dice que el foco de la propuesta está puesto sobre aquellos niños y niñas de los sectores populares, “que fueron a quienes más les costó sostener el vínculo con la escuela, además de las problemáticas en materia de conectividad, donde acceder a la educación empezó a implicar sí o sí la necesidad de contar con un dispositivo móvil como un celular, que sabemos que muchos pibes y pibas en los barrios no los tienen”.
Cristian Vodicka tiene 18 años recién cumplidos y miércoles y sábados de por medio participa de la Brigada Educativa que funciona en la casa popular La Herminia, en barrio Bella Vista. “Ahí somos diez compañeres secundaries que nos vamos rotando en diferentes barrios y merenderos, con compañeros de la universidad y con gente del territorio”, cuenta el joven, que cursa quinto año en la Escuela Secundaria Nº 570 Julieta Lanteri, donde es presidente del centro de estudiantes. Su decisión de sumarse nació de ver que en este año y medio de pandemia “a muchos chicos se les hizo muy complicado el estudio por la conectividad y la ayuda pedagógica”, y desde su lugar “quería aportar a algo colectivo, un granito de arena”. La propuesta de las Brigadas se puede conocer a través de las cuentas de Instagram de las organizaciones que coordinan el proyecto: @patriagranderos, @ciudad_futura, @nuestramericarosario y @nuevamayoria.ros.
Pies en el barrio
Por la tardecita el Centro Comunitario El Cruce funciona como comedor. Preparan 250 raciones que reparten los martes y jueves para los vecinos del barrio. Pero ahora es jueves, son las 11 de la mañana y en el interior del salón, iluminado por la luz del sol que entra por el portón que da a la calle, hay cuatro sillas con sus correspondientes mesitas, que fueron donadas por la Escuela La Argentina. Era mobiliario que ya estaba en desuso y fue reacondicionado para que se pueda volver a utilizar. Dos nenes y una nena reciben apoyo escolar de los brigadistas, mientras Shaiel, la cuarta nena del grupo, se entretiene fascinada con la cámara de La Capital. En total son 28 los chicos y las chicas que cada jueves reciben apoyo escolar. Un turno arranca a las 10.30 y otro, el más numeroso, a las 14.
Delfina cursa primer año en psicología de la UNR y se enteró de la movida por un posteo en Instagram. Se inscribió con Lucía, una compañera de la carrera, para ir a El Cruce dos veces por semana. Mientras Delfina habla con La Capital, Ezequiel sigue concentrado en escribir los números. Cada tanto deja las hojas y hace el ejercicio de contar con los dedos: después del dos viene el tres, y después el cuatro. Y sigue. Detrás de ellos está Lucía —estudiante de psicología— que ayuda a Jaqueline a hacer las tareas de geografía que le dieron en la escuela.
En la mesa más cercana a la puerta, Eric aprende a reconocer las letras y a garabatear su nombre. Va al jardín, está sentado de rodillas sobre una silla para ganar altura y cuando le preguntan por su edad con autoridad dice que tiene once. Lo acompañan Damaris (estudiante de trabajo social) y Ernesto (cursa tercero de comunicación social). “Yo conocía a algunos de los pibes del Pampillón, de la militancia en la facu, me enteré de la propuesta y me sumé”, dice Ernesto, quien se anotó para ir los jueves a la Brigada de barrio Itatí. “La iniciativa está buena —dice— y es bastante necesaria en estos momentos, para salir de la burbuja académica que es la universidad a veces”. Para Damaris, además de la ayuda a los chicos, siente que la propuesta le va a servir como experiencia territorial para su carrera. “Me puse a estudiar por ese motivo: poder ayudar más que nada a los pibes”, dice.
Lourdes (trabajo social) y Martina (psicología) son otras dos universitarias que también participan como brigadistas en Itatí. “Me enteré por WhatsApp, me súper interesó y me gusta esto de apoyar a los chicos en su educación, además de ver otra realidad y darme cuenta de los problemas y necesidades que tienen, y estar bien cerca de la gente que más lo necesita”, dice Lourdes. Martina milita en el Pampillón y dice: “Me sumé porque quiero ayudar a los chicos a que aprendan a leer y escribir, justo en estos momentos que muchos no tienen acceso a internet o a un celular”.
El Centro Cultural funciona en la parte delantera de una casa donde vive Vanesa Maciel con su familia. El espacio empezó a funcionar a principios de 2019 y desde entonces es un sitio de referencia para el barrio. También ofrece clases de zumba, cumbia cruzada, roperito y hasta una huerta. Cruzando la calle hay un descampado cercado por donde pasan las vías del ferrocarril. Desde hace más de un año que el paso a nivel está cerrado. A lo lejos, un caballo matungo pasta manso debajo del sol del mediodía. El barrio está tranquilo, pero sabe de pérdidas y dolor. Hace tres años se vio sacudido cuando Pablo, un nene de 14 años que estaba mirando un partido de fútbol, murió tras ser alcanzado por una bala. Una vida que se apagó “por balazos disparados por la espalda y en medio de una lucha por el territorio”, tal como consignó la crónica de La Capital de aquellos días.
“Eso pasó acá, a media cuadra, en la canchita de Garibaldi y Pueyrredón”, cuenta Vanesa, referente del espacio comunitario, sobre un episodio que marcó al barrio. Y afirma: “A las infancias tratamos de contenerlas entre las instituciones. Tenemos el CCB, el centro de salud y la vecinal, y entre todos tratamos de traer cosas para contener a la edad más difícil, que es la preadolescencia y la adolescencia”. Menciona también el proyecto deportivo que el papá de Pablo encabeza en la canchita para los pibes de la zona. Por eso, para Vanesa el valor de las Brigadas Educativas va más allá de lo estrictamente escolar: “Estamos más que contentos con el apoyo escolar que se da, pero también con que los pibes tengan un lugar y a alguien que los escuche. Eso no pasa en todos lados y acá se los escucha”. Para el día de las infancias, desde el centro comunitario —teléfono 341-2682699— reciben donaciones de ropa, juguetes y golosinas para repartir a los chicos y las chicas de Itatí.
Para Soledad Nace —profesora en ciencias de la educación y coordinadora territorial de las Brigadas— “la idea del espacio pedagógico, tomado desde la educación popular, es pensar también lo afectivo, acompañar de manera respetuosa y responsable todo proceso de enseñanza y aprendizaje”. Es desde este presupuesto —explica Soledad— consideran que en toda acción pedagógica es necesario el componente afectivo, desde el acompañamiento amable, la observación y la escucha atenta que habilite la palabra. Como el día que un nene fue a la clase de apoyo y, en medio del silencio de la actividad, su panza comenzó a hacerle ruidos. Hacía varios días que no comía. “Por eso en las formaciones que hicimos —cuenta la profesora en ciencias de la educación— hay una parte que decimos: no importa si un día un pibe o piba se va sin saber una letra, pero capaz que pudo contar o expresar algo. Hay una fuerte desvalorización de la palabra de las niñeces en toda la sociedad, especialmente cuando viven situaciones muy complejas. Entonces capaz que ese día las Brigadas no enseñamos una palabra, pero sí a construirla para decirla en el momento que haya que decirla. Es construir espacios pedagógicos seguros donde la palabra del pibe y la piba sea la protagonista”.



