El trabajo del alumno de la Escuela Nº 213 Manuel Belgrano de la ciudad de San Carlos Centro, Nicolás Bitschin, fue seleccionado para participar en el Segundo Parlamento Federal Juvenil INADI, que se desarrollará en la Ciudad de Buenos Aires entre los días 1 y 4 de septiembre de 2015. En esta oportunidad, conoceremos el destacado escrito titulado «La discriminación no es un juego: el caso de Matías».
“Tal vez algún día dejen a los jóvenes inventar su propia juventud.”
Quino.
Era mi gran amigo, disfrutábamos de nuestra adolescencia a pleno con todo lo que ella acarrea: cambios, crisis de llantos, alegrías repentinas, hormonas trabajando todo el día, lo que se puede decir una vida normal.
Nuestra relación se inició en la escuela primaria y se empezó a afianzar con el tiempo, llegando a ese punto donde compartíamos todo. El ingreso a la secundaria fue traumático, pero compartido era más fácil de sobrellevar.
Todo empezó a gestarse en mi aula, esa que estaba llena de diferencias. Un día, Tomás, agarró el diario de Matías y leyó en voz alta unas cuantas cartas de amor dedicadas a Mauricio, un chico que cursaba 4to año (nosotros en ese momento íbamos a 3er año). Eso, si mal no recuerdo, pasó a finales de Noviembre, comienzos de Diciembre. Y así terminó el año, la mayoría de la escuela burlándose de Mati por el simple hecho de ser gay.
A todo esto yo me preguntaba, ¿qué pasaba que a Matías lo excluían y se le burlaban por ser gay? ¿Quién fue el que instauró el modelo hombre-mujer en la sociedad? ¿Por qué alguien no puede ser libre de elección sin consecuencias? Necesité asistencia psicológica inmediatamente, no entendía la razón de la discriminación y no me bastaba con que mi mamá me explicase que todo ya pasaría y quedaría en el olvido, de lo que yo no estaba tan seguro.
Pabla era mi nueva psicóloga, ella fue la que me dijo algo clave, algo que no imaginaba. Me contó que esto no era nada nuevo, que sucede desde que la humanidad existe. Sucede por los prejuicios; esas opiniones innecesarias que da la gente, esas que ayudan a formar estereotipos. Fueron ellos, los estereotipos, los que “naturalizaron” ciertas cosas, ciertos requisitos que deben cumplir las personas para poder vivir en este mundo, mundo machista. Culpa de ellos, que dijeron: las relaciones deben ser heterosexuales, las demás se taparon y fueron descalificadas.
También me explicó que la mayoría de las personas que discriminan, descalifican a los demás, así todos se concentran en el otro y ellos pueden “ser felices” ocultando sus propios temores y de esa forma, van encajando en la sociedad.
En mi afán de querer ayudarlo, traté de explicárselo a Mati pero no me escuchó; ya no escuchaba a nadie. Se pasaba todo el día encerrado en su habitación, sólo salía de allí cuando yo lo visitaba, pero no hablaba tanto como antes. En la escuela trataba de pasar desapercibido. No dejaba que saliéramos al recreo y nos teníamos que sentar en los bancos de adelante; su conversación se limitaba a decir que se sentía cansado, que ya no soportaba nada ni a nadie, lo que me preocupaba.
Tres días antes de que terminen las clases, fui a visitarlo por la tarde a la casa. Había llevado una película y luego de insistir un rato largo pude convencerlo de que la viéramos. A mí me había encantado, y a mi parecer, “Billy Elliot” lo iba a ayudar a sentirse bien sin atender a la mirada de los demás. Vivía buscando modos de que no se sintiera solo, que sienta que hay muchas personas que, por distintas situaciones, son alejados de los grupos de amigos y conocidos, y son castigados mediante burlas por hacer cosas diferentes a las impuestas socialmente.
Lloró la mayor parte de la película, rió con muy pocas. Me confesó que se sintió muy identificado con Billy, ese pequeño joven que a pesar de ser juzgado por la sociedad y por su propio padre, no dejó de hacer lo que realmente amaba.
Llegué tarde a mi casa, quise esperar a que la mamá de Mati llegue del trabajo, no lo quería dejar solo. Comí con mi mamá, me bañé y encendí mi computadora. Revisé mi correo electrónico y luego abrí Facebook; todo bien, hasta que bajando en el inicio me encontré con algo totalmente inesperado: “Tomás Perren ha comentado la foto de Matías Grandolio”. Abrí la imagen, era vieja, Mati ya no subía ni comentaba nada. Y allí, al costado, debajo de la descripción de la foto se encontraba la maldad hecha palabras: el comentario de Tomás. Lo recuerdo como si lo hubiera leído ayer, el mismo decía: “Ay, mira la nenita… ya no usa más su face, debe estar con su novio”.
Me sentí impotente; arrepentido por no quedarme a comer cuando su mamá me invitó, impotente por no poder salir corriendo a su casa, enojado por estar en mi habitación y no junto a él, acompañándolo; no quería ver su cara cuando leyera el comentario, cuando supiera que en sus compañeros existía ese odio tan perverso.
Volvía a replantearme una y mil veces la pregunta de siempre: ¿Por qué ese tipo de discriminación tan elevado? ¿Por qué llegar a ese punto? ¿Qué pasaba por la mente de Tomás que le producía ese enojo?
Las profesoras hasta ese momento lo veían como un conflicto; ¿pero es, el bullying, un juego de adolescentes? La palabra no se trata de un juego, sino de una encrucijada, una trampa, pura violencia de la que a veces no se sale bien.
La palabra bullying todavía no se ha incorporado al diccionario de la real academia española, pero sí en el lenguaje cotidiano. Pero lo peor no es eso, lo peor es que la palabra nació en los años 70, y nació para quedarse, para convivir con nosotros y ser cada vez más pronunciada en nuestra sociedad.
Llamé a su casa, era lo único que podía hacer. El teléfono lo atendió su mamá; pregunté por él. Me dijo que no había comido y se había encerrado en su habitación; ella no sabía lo que estaba pasando así que le expliqué la situación. Colgamos. Quedamos en que ella hablaba con Matías y al otro día me llamaría para contarme cómo había ido la cosa.Esa noche me dormí muy tarde, los nervios por no conocer el estado de Matías me estaban matando. Tampoco me costó levantarme para ir a la escuela, el estado de ansiedad me había ocasionado la pérdida de sueño.
Llegué al colegio pero él no estaba. Esperé a que tocaran los dos timbres pero él nunca llegó. Mis nervios seguían aumentando, los temas se me volvieron complicados y estuve toda la mañana haciendo hipótesis en mi cabeza de lo que podría haber pasado; algunas me asustaban, mucho.
A la salida no fui a mi casa, marché directo a la de Mati. Su mamá me dijo que no había parado de llorar en toda la noche; vomitó unas cuantas veces de los nervios; nervios por sentirse sólo, nervios por el miedo a que nadie lo quisiera, miedo al rechazo, miedo a vivir toda la vida teniéndose que enfrentar a ese tipo de situaciones.
Comenzamos 4to año. La discriminación cada día era más constante, las burlas eran más pesadas y empezaron a surgir otras situaciones que ya no eran solo verbales.
Recuerdo el segundo día escolar de éste año como si hubiera ocurrido ayer. Toda la mañana se habían escuchado gritos como: “marica!”, “afeminado”, “no servís para nada, maricón”, “puto!”, entre tantos otros.
Lo peor ocurrió a la hora de irnos; Matías salió, yo con él, era el único amigo que le quedaba y no lo pensaba dejar solo, necesitaba mucho a alguien que lo acompañe. Tomamos nuestras bicicletas y salimos pedaleando hacia nuestras casas; llegamos a una esquina en la que había un semáforo, frenamos ya que estaba en rojo. Escuchamos ruidos como de una moto grande que se acercaba a nosotros, volteamos nuestras cabezas y reconocimos a Tomás e Ignacio.
Se sacaron los cascos, se bajaron de la moto y comenzaron a venir hacia nosotros. En la desesperación no supimos que hacer, tiramos nuestras bicis y comenzamos a correr. Pero ellos son altos y grandes, y nos alcanzaron rápido. A mí me apartaron, pero a Matías le comenzaron a pegar sin ninguna razón; en realidad con una razón estúpida, por la misma de siempre… era gay. Recuerdo que Matías lloraba y ellos se burlaban de eso. Intenté ayudarlo pero no pude, no tenía fuerza como para combatir a los brabucones. Yo, que no creo en la rabia, ni en el odio, ni en la violencia, y me niego a dejar que esos sentimientos dominen mi vida… ¿Cómo podía ayudarlos a entrar en razón?
Los golpes terminaron después de unos 10 minutos, habían dejado a Mati casi inconsciente. Tomé mi celular, de los nervios demoré unos cuantos segundos en poder desbloquearlo; no sabía qué hacer, la discriminación te deja desnudo, sin herramientas para poder actuar.
Llamé a mi mamá; y en pocos minutos teníamos a nuestro lado a ella, la mamá de Matías y una ambulancia. Los médicos le diagnosticaron fractura de brazo y de tabique. Demoró un mes en poder volver a la escuela, tenía mucho miedo.
Me sentí tan impotente de no haber podido lidiar en el conflicto, tan mal. Ya el caso había pasado a una instancia mayor, más grave: entró en juego la violencia.
Ese mes fue muy duro; el simple hecho de que alguien discrimine a otra persona me pone mal; que esa persona deje de lado su vida, sus amigos, su escuela, es algo que no soporto.
¿Cómo puede ser que se discrimine si está prohibido según los tratados de los derechos humanos? ¿Cómo puede ser que en 76 países sea ilegal ser gay y que, en otros 7, sea pena de muerte? ¿Acaso no somos todos diferentes? ¿Por qué no crear un mundo con diferencias pero con igualdad de condiciones? ¿Por qué no dejar a las personas elegir sobre lo que quieren de su vida? ¿Por qué imponer algo cuando no es lo que todos quieren y a algunos, incluso, les hace mal?
La homosexualidad no es una enfermedad, lo que sí creo que lo sea, es la homofobia. Esa repulsión a alguien por ser, simplemente, diferente. Y, ¿por qué ocurre esto?
Cuando se ve algo distinto a lo cotidiano, en este caso la homosexualidad, se ve como algo raro, nuevo, algo que no tendría que existir. El no poder lidiar contra eso impuesto previamente, y lo desconocido, nos da miedo. Ese miedo genera discriminación. O si no llega ese: “te acepto pero no te me acerques”. ¿Cómo es eso de aceptar sin poder vincularse con la otra persona? ¿Sin poder conocerla y sin poder saber sobre las cosas que puede hacer bien y que te pueden ayudar a vos también? Y ahí nos damos cuenta del miedo, de lo poco que se conoce. ¿Por qué el “no te me acerques”?
¿Es por vergüenza o por miedo al “contagio”? ¿Es contagio o simplemente que no queremos dar a luz nuestras realidades? ¿No será que lo tenemos guardado muy dentro de nosotros y que conociendo a alguien que pudo liberarse, sacarse el peso de la mochila, nos impulse a hacerlo nosotros también?
La discriminación siguió… siguió a más no poder.
Y aquí me encuentro yo ahora, escribiendo para poder sacar el resentimiento que llevo dentro; escribiendo sobre mi viejo escritorio; escribiendo de traje; escribiendo antes de poder ver por última vez el cuerpo de mi querido amigo.
Lo que siempre tuve miedo que pase, pasó. Matías tomó una decisión sin retorno, la última y más fea decisión.
En el mundo millones de personas enfrentan la violencia y la discriminación, sólo por ser quienes son… ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué hay tantos avances respecto de la tecnología y no sobre el respeto hacia las personas?
Matías no tomó esa decisión; él amaba la vida antes que la discriminación formara parte de ella. La decisión la tomaron los otros, se la envolvieron y se la dieron en forma violenta. Y él hizo caso a ello… hizo caso a terminar con su vida por el simple hecho de ser diferente.
Nicolás Bitschin.



