De la mano de Messi, la selección dio un show de fútbol y se metió en la final Comentar

Goleador y asistidor, la Pulga fue la gran figura en el aplastante 4-0 sobre Estados Unidos. El crack del Barcelona metió un tiro libre bárbaro para ser el máximo goleador en la historia de la albiceleste y colaboró en los tantos de Lavezzi e Higuaín (2). En la definición del domingo se enfrentará al ganador de Chile – Colombia.

Lavezzi juega como si su figura no estuviera rodeada por críticas injustificadas. Messi reparte y hace goles, como si ese tal Bati fuera un crack de barrio y nada más. Higuaín no perdona, como si la camiseta 9 fuera suya desde hace años y como si no hubiera errado en momentos clave. Y, aunque no brilla, la Selección convence, acumula buenos resultados, golea y sigue avanzando. Pasó Estados Unidos, que en Houston recibió cuatro goles, gracias al tanto tempranero del Pocho, al tiro libre precioso de Leo y el doblete del Pipita. Ya está en otra final. Como si fuera costumbre. Como si la sequía de 23 años no fuera nada.

No abundan los lujos. No faltan los baches. No es un equipito de PlayStation. Es un equipo. Para dejarlo claro: por fin, la Selección se parece a un equipo. Son pocas las situaciones claras, pero la alta efectividad las traduce en esos números que asombran: 18 goles a favor (y sólo 2 en contra). Es una Selección caliente. Ayer volvió a golpear de entrada. Banega sacó corto un córner, Lavezzi tocó para Messi y Leo hizo el resto: pinchó la pelota por encima de la defensa y se la dejó tendida al Pocho –casi un alley-oop de la NBA–, que metió la cabeza y definió por sobre Guzan. No iban ni 4 minutos…

En ese ratito inicial, amagó con pasar por arriba a Estados Unidos. Amagó con sacarle brillo a la chapa de candidato. Pero se tomó su tiempo. Hubo desorden en el mediocampo, y el rival emparejó el trámite. Ojo, terminó siendo un espejismo para el dueño de casa. Bradley, que tanto había reflexionado en la previa acerca de cómo detener a la Pulga. Pero la Pulga hizo lo que quiso.

Apenas superada la media hora de juego, empezaba a preocupar la ausencia de maniobras de peligro. Hasta que Lionel transformó un tiro libre a 35 metros del arco en un mano a mano con el portero estadounidense. Primero fabricó la falta. La pisó de espaldas a un marcador, se escapó y Wondolowski lo detuvo con una infracción. Después, Messi hizo aquello: aunque parecía lejos, apuntó al ángulo que cubría el arquero y clavó un zurdazo potente e inalcanzable. Todo listo.

Después, el equipo argentino levantó el nivel. Mascherano, que ya cortaba todo, le agregó precisión a los pases. Banega se hizo dueño de la pelota cuando el Diez descansaba. Y Lavezzi continuó desplegando sus ganas por la izquierda. Sólo faltaba el Pipita, que se durmió en la primera que tuvo. Pero tuvo revancha. Porque el segundo tiempo terminó siendo suyo. A los 4 minutos, Guzan le tapó un cabezazo, pero Higuaín metió el rebote.

Y, ya a los 40, Messi robó un balón y tocó al medio para el 9, que lo empujó para sellar el boleto a la final. La tercera en dos años. Una nueva costumbre. Como en Brasil 2014. Como en Chile 2015. Como para soñar con el 15° título continental. Como para ilusionarse con terminar de una buena vez con esos 23 años de alegrías esquivas.

 

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