Un día con Omar Perotti. «Cuando la gente nos conoce, nos vota», afirma el rafaelino. Busca conectarse con el electorado a partir de la escucha y el consejo, más que desde la típica promesa.
Perotti asegura que disfruta la campaña electoral. Dice que el primer objetivo fue romper la polarización y que ahora van por la victoria. “Tengamos fe”, insiste a propios y extraños a cada paso.
La campaña electoral entró en la recta final y el frenesí se apodera del ambiente político. El entorno de Omar Perotti no es la excepción, pero el candidato a gobernador del peronismo parece tomárselo con calma y dedicarle todo el tiempo que sea necesario a cada movimiento, a cada interlocutor, sea un científico, un periodista o un humilde ciruja. «Para mí la campaña no es una carga, yo la disfruto», admite el rafaelino, en una jornada que lo llevó a compartir una visita, junto a Daniel Scioli, de uno de los centros científicos más importantes del país, como el Max Planck, en el centro universitario de la Siberia, al corazón de Empalme Graneros, pasando por los dos canales de TV de la ciudad y varias radios.
La Capital acompañó la agenda rosarina de Perotti en un día típico de campaña que arrancó con actividades compartidas con su principal aliado a nivel nacional —Scioli— y después lo que en la jerga se denomina «hacer medios». Pero el interés mayor estaba en conocer cómo es el cara a cara con los votantes de un candidato en plena campaña.
Cerca del atardecer, desde el centro rosarino parten dos vehículos con un pequeño séquito: un camarógrafo y un fotógrafo que registran cada movimiento, un asistente, el eficiente dúo que organiza la campaña y este cronista. El destino: calle Cabal al 1200 bis, un humilde sector de Empalme Graneros.
En el camino, Perotti se muestra conforme. Cree que tras varios meses de campaña logró instalar su candidatura y el electorado ya lo conoce, algo que, admite, padeció en las Paso, sobre todo en Rosario y el sur provincial. El cambio lo prueba cuando se baja a comprar caramelos de propóleo para dar alivio a su garganta en una farmacia céntrica y la señora detrás del mostrador lo reconoce y le dice que lo va a votar. «Somos los únicos que seguimos creciendo y la gente cuando nos conoce, nos vota», dice entusiasmado.
El tráfico pesado del atardecer demora el viaje y hay tiempo para el diálogo. Recuerda su primera campaña electoral en 1991 por la Intendencia de Rafaela. «Era muy joven, recorrimos toda la ciudad casa por casa», evoca. «Yo disfruto mucho la campaña, no me cansa realmente», dice Perotti.
El rafaelino lamenta que sólo haya habido un solo debate en TV entre los candidatos, y relativiza el impacto real que pueda tener en el resultado electoral.
En cambio, sí está confiado en que su postulación será empujada desde abajo, por los intendentes y senadores del PJ, sobre todo a partir del resultado de las Paso y la sensación de que el crecimiento experimentado podría llevar al peronismo de nuevo a la Casa Gris. Ver para creer. Perotti bromea con el leit motiv de su lista: «Tengamos Fe».
«Lo bueno para la campaña es el clima primaveral que estamos teniendo porque facilita las recorridas en la calle y estar con la gente», advierte. También dice estar muy contento con la buena sintonía con Scioli: «Con Daniel tratamos de funcionar como una pareja política que se apoya mutuamente», define.
La agenda se arma en tiempo real. Hoteles, helicóptero, vuelos, cuatro localidades por día, muchos kilómetros en un territorio extenso. «Tratamos de repartirnos con (Alejandro) Ramos y (Héctor) Cavallero para estar en distintos lugares y cubrir más territorio», explica Perotti.
No es fácil dar con el lugar de la cita y es necesario preguntar a los vecinos. Todos reconocen al candidato cuando se piden indicaciones. La campaña de instalación da muestras de surtir efecto.
Un grupo de vecinas y militantes de la zona esperan al candidato. Cae la tarde y a esa hora el barrio está en plena ebullición luego de una jornada de trabajo. Las casas son de material pero humildes, todas enrejadas, la calle angosta tiene un pavimento de mejorado recién hecho —los vecinos se quejan de que se hace ahora «por las elecciones»—, el humo de la quema cercana fastidia la garganta, el zanjeo es inexistente, el alumbrado público escaso.
Roberto se asoma de la planta alta de su casa y lo saluda a Perotti. Es un viejo conocido: «Yo trabajé en una quinta que tenías en Rafaela», le recuerda. Una vecina dice: «Qué simpático, se nota que es de pueblo». «De adónde», pregunta otra. «De Rafaela», le contesta. Las casas abren sus puertas. En varias le convidan con mate. El pobre siempre espera que alguien lo escuche.
Imprevistamente, por la calle angosta pasa un móvil de Gendarmería. «Gendarmería, Gendarmería», dice un nene alborozado como si hubieran aparecido Batman y Robin. Una nena, afichito de Perotti en mano, se sorprende: «Mirá es el mismo de la foto», le dice a su mamá.
La recorrida se extiende. Perotti se toma su tiempo con cada persona que se cruza. Es campechano pero no busca la complicidad fácil. No hace promesas, y opta por prestar el oído y dar consejos. No se esfuerza ni por quedar bien ni por ser divertido, más bien trata de mostrarse como un gobernante que no se desconecta de la calle. En el Centro Comunitario Mujeres en Lucha-Pueblos Originarios comen 50 pibes. Julia Miranda está contenta porque desde hace dos meses tienen personería jurídica. «No te traiciones» le aconseja el candidato ante las tribulaciones de la mujer.
Caminando hacia lo más profundo del barrio, lo reciben en el centro comunitario «Qadhuoqte», que en lengua toba significa «columna» o «la base que sostiene». Tiene aula, biblioteca, sala con computadoras viejas. En breve van a tener una radio comunitaria. Allí también se auxilia con trámites ante Ansés. «Tenemos desarrollo en el territorio pero nos falta contención, referencia política», le plantea a Perotti el presidente del centro, Oscar Talero.
Toro es un carrero que se queja de que «la Municipalidad nos saca los caballos». «Esto es lo que pasa cuando no se toman decisiones sin hablar con la gente», dice Perotti al cronista. Un albañil está preocupado porque la obra en que trabaja termina y se queda sin trabajo. «Lo que tienen que hacer es juntarse, armar una cooperativa de trabajo para que ustedes mismos sean los contratistas», aconseja el candidato.
Más tarde, en una canchita en Génova y Barra. «¿Qué es para vos el deporte?», le pregunta Perotti a un pibito. «Un derecho», le contesta. Pero otros dos vecinos le plantean el problema narco. «Acá estamos encerrados. La policía es parte del negocio de la droga. Todos sabemos dónde están los búnker», enumeran.
El frío empieza a bajar. Después de las ocho, las calles del barrio se vacían rápidamente, por miedo o por cansancio. En el viaje de regreso, el candidato y su equipo no paran, piensan en la agenda que sigue, en el acto de cierre. Se cruza en el camino el bar temático sobre el Negro Olmedo y otra vez cambia la hoja de ruta. Era hora de recuperar fuerzas con una pizza peronista.


