La falta de lluvias y condiciones de sequía extrema continuaron en el norte del Litoral y la cuenca del río Paraná, luego de un 2020 extremadamente seco. El río Paraná experimentó una bajante histórica sin precedentes desde 1944. “Hasta el momento, el 2021 es el octavo año más seco desde 1961”, acotan en el SMN.

El miércoles, el Paraná alcanzó 1,5 metros en el puerto santafesino. La última vez que había registrado esa marca había sido a fines de abril. Esta semana, el Instituto Nacional del Agua actualizó sus proyecciones: el río subirá a 1,76 metros en el puerto el martes que viene, pero volverá a descender a 1,28 metros la semana siguiente.

Antes, los comentarios del clima servían como excusa pasatista para rellenar charlas obligadas. Hoy, vienen de la mano con dos palabras cada vez más recurrentes, porque cada vez se ven más sus efectos: cambio climático. El informe del SMN lo aborda al momento de buscar explicaciones para los fenómenos extremos. Así, subraya que “los registros de dióxido de carbono y metano muestran un incremento constante en el transcurso de los años”. Eso sí: no es potestad de la Argentina. Sigue la tendencia mundial, en la que ambos gases aumentaron su concentración a lo largo del 2021. De hecho, sostienen que “los valores medidos por el SMN fueron similares a los de otras instituciones del hemisferio sur”.

El inicio y la evolución del agujero de ozono fueron muy parecidos a los del 2020. Eso podría ser una buena noticia, si no fuera que el año pasado resultó la temporada “con uno de los agujeros más profundos y persistentes desde 1979”. Respecto a la radiación ultravioleta, los registros resultaron muy cercanos al promedio histórico en Buenos Aires y Ushuaia, levemente superiores en Mendoza e inferiores en Marambio.

Como se planteará en la cumbre climática de Glasgow, el cambio climático ya muestra sus consecuencias con fenómenos extremos, mayores sequías, y calores en épocas donde antes no predominaban. Y eso también afecta a las economías de los países. Pero también se remarcará que no se puede abordar como hecho aislado, y que los propios números hablan de una tendencia global, en la que los países desarrollados son los verdaderos protagonistas de una degradación ambiental de la que no se pueden hacer los distraídos, y que ya derrama sus efectos, literalmente, en todas las partes del planeta.