ROSARIO — Juan Cruz Osuna tenía 13 años. Su primo, 8. Ambos estaban en su casa del sudoeste rosarino cuando la noche, una vez más, se convirtió en escenario de guerra. El sábado por la noche, desconocidos armados irrumpieron disparando en el patio de la vivienda ubicada sobre Camino de los Quinteros al 2800. Las balas cruzaron el espacio familiar y alcanzaron los cuerpos de los dos chicos. Juan Cruz fue trasladado al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez. Murió poco después. Su primo sigue internado en el Hospital de Niños Vilela con una bala alojada en el cráneo.
En Rosario, los números ya no alcanzan para contar lo que pasa. Hace tiempo que la estadística perdió la capacidad de conmover. Pero hay hechos que rompen el blindaje de la costumbre. Uno de ellos ocurrió esta madrugada.
El cuerpo, el lugar, la violencia
Juan Cruz recibió impactos de bala en el hombro, el dorso del tórax, el glúteo y el muslo. Su muerte se confirmó a las 2 de la mañana. Su primo, herido en la cabeza y la pierna, fue derivado con pronóstico reservado. El domicilio atacado no era un punto de venta, ni un blanco judicial, ni un objetivo mediático. Era una casa más en una ciudad donde el fuego no necesita demasiadas excusas para encenderse.
Los atacantes, según los primeros informes, irrumpieron disparando al interior del patio. No hubo aviso, ni advertencia. Solo el sonido de las armas y la urgencia de un familiar que llamó al 911. En la causa interviene la fiscal Marisol Fabbro, que ordenó el secuestro de celulares y una caja fuerte hallada en la vivienda con 1.580.000 pesos. También se recolectaron siete vainas servidas.
No se trata, sin embargo, solo de un caso judicial. Es un crimen que vuelve a dejar al descubierto la fractura más brutal de la ciudad: los niños, en Rosario, ya no están a salvo ni dentro de su propia casa.
Infancia como daño colateral
Cada vez que la violencia urbana se lleva a un menor de edad, la política promete respuestas que nunca llegan. Se multiplican los comunicados, los gestos públicos, los compromisos renovados. Pero la escena no cambia. Las balaceras no frenan. Las zonas calientes se expanden. Las redes narco se reciclan.
Mientras tanto, una generación entera crece entre el miedo y la desconfianza. Los patios ya no son lugares de juego. Las noches no son de descanso. En barrios enteros, la infancia es un privilegio que solo existe en los discursos.
Lo que ocurrió en Camino de los Quinteros no fue una tragedia inevitable. Fue el resultado de un sistema colapsado, de una ciudad a la intemperie, de un Estado que no llega. Ni con presencia, ni con contención, ni con justicia.
¿Dónde está la respuesta?
La fiscal investiga. La policía actúa. Pero la pregunta más difícil sigue sin responderse: ¿quién cuida a los chicos en Rosario? ¿Qué les queda a las familias cuando el peligro habita la misma casa? ¿Cuántos Juan Cruz más se necesitan para que el horror no se naturalice?
La muerte de un niño debería ser un límite. En Rosario, se está volviendo una rutina.


