El Padre Leonardo Aguirre celebró su primera misa

Fue en la noche del domingo en la Parroquia San Carlos Borromeo. Allí expresó su Homilía a todos los presentes luego de ordenarse sacerdote el 30 de septiembre en la Basílica Nuestra Señora de Guadalupe de la ciudad de Santa Fe.

Homilía del Padre Leonardo Aguirre en su primera Misa Solemne.

Cuando uno ve la experiencia del hombre, empieza a ver al ser humano y de a poco caemos en cuenta de que el hombre es un ser de carencia, es un ser necesitado. Desde sus comienzos, cuando el hombre es un niño y está en el seno de su madre necesita del amor, necesita del amor de esta madre, y después cuando sale necesita que le den de comer, que lo acompañen, que le enseñen a caminar, y así la vida progresa. En las distintas etapas necesitará de un maestro, de la compañía… en definitiva vemos que el hombre es un indigente, es un ser pobre, y es esa pobreza la que nos hace darnos cuenta de que hay otro, de que no estamos arrojados en la vida para ir caminando y decir -«Bueno estoy acá y tengo que sobrevivir»-. En esa experiencia el otro me edifica, el otro me construye, el otro me ayuda a elevarme.

Y es lo que vemos en la primera lectura: en ésta carencia el hombre pide, pedimos… y la oración es una manera de pedir. Pedimos trabajo, pedimos por nosotros, por nuestras familias, por la salud. Acá dice el libro de la Sabiduría: «Oré y me fue dada la prudencia», oré… oré… La necesidad de saber que solamente Dios puede darme, puede llenar éste vacío, puede sacarme de este estado de pobreza, de indigencia, en el cual me encuentro. Cuando uno dice «pedí la sabiduría»,¿qué es la sabiduría? Acá uno podría verse tentado de hacer definiciones… «bueno la sabiduría es un don del Espíritu Santo»… en definitiva la sabiduría es esa relación de amistad con Dios, la sabiduría nos permite ver a Dios no como un totalmente lejano, sino como un totalmente cercano, como un amigo. Un amigo que nos reclama, y nos pide una relación de amistad que supera cualquier otra relación que podamos tener. Aquí en la tierra podemos tener muchos amigos, podemos tener muchos seres queridos, familia, conocidos, pero la relación de amor que tenemos con Dios, nuestra relación de amistad, es una relación única. Es única y se agota en cada uno, porque como yo vivo mi relación de amistad con Dios, no la vive de la misma manera el que está al lado mío, y es el mismo Dios… seguro que sí, y viviéremos seguramente las mismas experiencias de vida… seguro que sí, pero es una relación particular, personal.

En definitiva pedir la amistad de Dios es querer ser feliz, aspirar a la vida feliz, nadie viene a este mundo con el deseo de ser una persona infeliz, y si encontramos a alguien con este deseo veremos que seguramente, como se dice vulgarmente, «no tiene todos los patitos en fila».

El hombre busca la felicidad, y es lo que le plantean a Jesús. Iba Jesús caminando y se le acerca uno y le dice: -¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? ¿Qué debo hacer para ser feliz, y eternamente?- Acá podríamos decir que el Señor no es lerdo ni perezoso y le responde, porque el Señor se da cuenta de que este hombro que se le acerca tiene una carencia, hay algo que le está faltando en su vida, hay algo que le impide ser totalmente pleno. Es así que el Señor lo invita a recibir aquello que le falta, y cuando le dice «Bueno, a ver, ¿has cumplido todos los mandamientos? no robar, no matar», «si, si, los he cumplido», podríamos decir que era verdaderamente un santo el que se le acercó, pero le faltaba algo, todavía seguía siendo pobre, lo que le faltaba era la radicalidad, la totalidad, un amor que lo lleve a entregarse totalmente a Dios. Por eso cuando el Señor le dice : «Bueno, lo que te falta es que dejes de lado tu dinero y que me sigas», ahí es donde se da cuenta de que todavía sigue siendo pobre, porque todavía sigue quedando prendido a las cosas de este mundo, que hoy están y mañana no. En éste caso concreto era la riqueza, pero cuántas veces nos aferramos a cosas que pasan: el poder, la fama, el placer, incluso hasta los lazos humanos, convertimos al otro en una posición, el otro es mío y me pertenece, y vaciamos nuestras relaciones de ese sentido cristiano que nos tiene que llevar a la plenitud, al encuentro con Dios.

Por eso el Señor invita a este hombre a dar un paso definitivo en su vida, a que deje todo aquello que lo tira para atrás, todo aquello que lo hace caminar con peso. Es como la experiencia del que va subiendo una montaña, si carga muchas cosas en la mochila el camino se le hace pesado, y en algún momento vas a decir «ya no puedo más», llevamos muchas cosas, pero muchas cosas que muchas veces no necesitamos.

Por eso, queridos hermanos, esta amistad con Dios, es una relación tan profunda que debe tocar el corazón del hombre. Si no es así, no deja de ser un cumplimiento, un encontrarme con alguien un ratito, como dirían los chicos un «touch and go», y el Señor no quiere que estemos un ratito, quiere que estemos para siempre con Él, y por eso nos pide que seamos capaces de dar un paso adelante. Nuestra amistad seguramente que se va construyendo día a día, cuando hacemos esta opción por Dios la renovamos cada día. Es la opción, en definitiva, que hace el matrimonio, es la opción que hace el consagrado, es la opción que hacen quienes quieren vivir un noviazgo cristiano, es la opción que hace quien quiere ser honesto en su trabajo. Ser amigo es todo los días decirle a Jesús, mi amigo, «radicalmente te amo», «me entrego totalmente a vos y dejo todo por vos», y esa experiencia cuesta. Muchas veces enfrentaremos y enfrentamos la experiencia de la Cruz, donde se ve la mayor experiencia de amor y de totalidad de Dios para con el hombre, un Dios que se abaja al punto de entregarse por un montón de culpables, él que era inocente. Entregarse de la manera más sangrienta y de la manera más culposa, pero por amor, porque Dios sí quiere vivir su amistad por nosotros totalmente, y la quiere vivir todos los días. En nosotros está el que queramos vivir todos los días esa amistad. Y cuando decimos que seamos capaces de acrecentar nuestra amistad, tenemos que saber que esa amistad no es como la entiende este mundo pasajero, ese sentimentalismo barato, fugaz. Yo siempre digo es la experiencia de la margarita: «Te quiero, no te quiero. Me quiere, no me quiere». El amor de Dios por nosotros no es un amor pasajero, que toca solamente lo epidérmico, sino que va hasta lo más profundo al punto de conocer nuestras propias miserias, Dios ama a cada uno de nosotros conociendo cada una de nuestras miserias. Pero a pesar de ellas renueva su compromiso de amor, y esa experiencia del amor no me esclaviza ni me impide realizarme, no me oprime ni que me deja sin nada para hacer, al contrario: es un amor que me libera, me purifica y me sana de mis heridas. Es un amor que me invita a vivir la comunión. A medida que hago experiencia de amor con Dios puedo hacer experiencia de amor con los demás. Difícilmente puedo amar a otro si primeramente no me dejo amar. , no me dejo amar con un amor que es totalmente gratuito y desbordante.

Pidámosle a Dios a través de su Madre, la Virgen, que nos ayude a vivir esta experiencia tan radical del amor, ella que amó a pesar de no comprender, muchas veces, pero es un amor que la llevó a decir muchas veces «que se haga tu voluntad». Un amor en el cual ella se dio totalmente y recibió en su seno al hijo de Dios, pero también fue un amor que la acompañó al pie de la Cruz, un amor que estuvo en lo mejor del ministerio de Jesús, pero también estuvo en el momento de mayor fracaso humano, aunque fue allí donde se manifestaba la gloria y el tiempo de amor.

Que el tiempo del amor se pueda ver en cada uno de nosotros, en nuestras familias, en nuestro ministerio, porque en definitiva al final de nuestros días vamos a ser juzgados por el AMOR.

 

 

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