Crece el uso de psicofármacos en adolescentes

En 10 segundos:
Qué pasó: especialistas alertan sobre el aumento del uso de psicofármacos en niños y adolescentes.

Qué cambia desde hoy: la medicación gana espacio como primera respuesta frente a problemas de salud mental.

A quién le pega: a familias, adolescentes y a un sistema de atención con escasez de profesionales.

Qué mirar ahora: cómo evoluciona el acceso a tratamientos integrales y si el sistema logra responder a una demanda creciente.

Buenos Aires, 6 de julio de 2026.  Los consultorios especializados comenzaron a registrar un cambio que trasciende las estadísticas. Cada vez llegan más adolescentes con cuadros de ansiedad, depresión o alteraciones emocionales que requieren intervención profesional. Al mismo tiempo, también crece la expectativa de encontrar una solución rápida, una presión que termina trasladándose a la consulta psiquiátrica y que explica parte del aumento en la utilización de psicofármacos.

Los especialistas aclaran que los medicamentos cumplen un papel importante y, en muchos casos, indispensable. La preocupación aparece cuando esa herramienta empieza a ocupar el lugar de un tratamiento integral. La evidencia clínica muestra que la medicación puede estabilizar una crisis y reducir la intensidad de los síntomas, pero difícilmente resuelva por sí sola los factores que originan el malestar psicológico.

La transformación también refleja un cambio cultural. Hace algunos años predominaba el temor a incorporar tratamientos psiquiátricos durante la infancia y la adolescencia. Hoy ocurre con mayor frecuencia que son las propias familias quienes consultan directamente por la posibilidad de medicar. Detrás de ese fenómeno aparecen el agotamiento cotidiano, la necesidad de obtener resultados inmediatos y experiencias previas de adultos que también recurrieron a psicofármacos para enfrentar sus propias crisis.

Ese escenario convive con otra limitación cada vez más evidente: conseguir atención especializada resulta complejo. La escasez de psiquiatras infantojuveniles, las listas de espera, la dificultad para acceder a psicoterapia y los costos de sostener tratamientos prolongados generan un cuello de botella que termina condicionando las decisiones clínicas y familiares. Cuando el acceso al acompañamiento psicológico se demora durante semanas o meses, la medicación adquiere un protagonismo mayor al deseado.

Los profesionales advierten además sobre un riesgo conceptual. No todo sufrimiento adolescente constituye necesariamente un trastorno psiquiátrico. La incertidumbre, el aislamiento, la presión académica, el deterioro de los vínculos sociales y las consecuencias que dejó la pandemia forman parte de un contexto que también explica buena parte del incremento de consultas. El desafío consiste en distinguir cuándo existe una enfermedad que requiere tratamiento farmacológico y cuándo el síntoma expresa un conflicto que necesita otros abordajes.

La discusión, por lo tanto, no enfrenta a la medicación con la psicoterapia. Plantea otra pregunta: cómo evitar que la respuesta sanitaria quede reducida a un recurso farmacológico cuando el problema involucra dimensiones familiares, educativas y sociales mucho más amplias.

En la medida en que continúe creciendo la demanda de atención en salud mental, la presión sobre el sistema también aumentará. La capacidad para formar especialistas, ampliar la accesibilidad a tratamientos y fortalecer las redes de acompañamiento será determinante para que el incremento de los diagnósticos no derive, por inercia, en una mayor medicalización de la adolescencia.

 

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